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  • Natita

Las Vidas Arrebatadas

Eran cerca de las doce del día cuando, llegamos a centro del caracol. Edgardo nos mostró la casa de bombas y nos dijo a dos kilómetros y medio hacia el poniente es pura agua; el lago hay patos, cientos de patos y otras aves comen y comen Espirulina, también se cosecha “tesquesquite” la gente lo usa para cocinar en vez de sal, nos explicó nuestro guiá Edgardo. Rosalba, Dariana, Bernardo y yo escuchábamos atentamente mientras admirábamos el paisaje desolado y salitroso. Como es sabido, continuo su descripción; estamos sobre un manantial de aguas termales mejor conocido como el lago de Texcoco.

El proyecto era ambicioso, los comuneros deseaban recuperar sus tierras y la vocación de Tulpetlac. Cinco kilómetros cuadrados, para cultivar Espirulina, camarón y crear chinampas una especie de agro-clúster, restaurara la vocación del lago, mitigar la contaminación que cubre la zona norte del valle de México, su gente aún conserva las escrituras del virreinato donde les reconocen la propiedad, dieciocho años de litigios y falta que las instituciones acaten las ordenes giradas. Por razones desconocidas estaba toda la zona cercada, tenía solamente dos accesos resguardado por personal de seguridad federal, aunque les mostramos nuestro premiso girado por el tribunal agrario. Sin embargo, en varias ocasiones nos detuvieron para inspeccionar los documentos y nuestras credenciales.

Volvimos a subir a las camionetas y nos detuvimos sin bajarnos a un costado del hermoso lago, a ver las parvadas de patos vi el color azul verdoso de la Espirulina que abundaba en el agua. Continuamos el recorrido pasando por un corralón donde cerca de cincuenta camionetas, pipas de agua y camiones de carga con las llantas desinfladas acumulaban polvo. Era un monumento al derroche y la avaricia. Por el año en curso 2012, esos modelos quizá tenían cuatro o cinco años ahí abandonados. El propósito de la barda electrificada era cada vez es más evidente. Seguimos hacia el sur del caracol; pasamos cientos de metros de cultivos fallidos, canales de riego y vimos costales de “tesquesquite” listos para ser vendidos en el mercado. Les pedí al presidente de los comuneros Don Rivas, que nos dejaran ver una parte donde había largos montículos, me bajé de la camioneta y los percibí; “Si aquí están” dije con una certeza que no sé de donde me salió.


Naturalmente Rosalba me recordó que había que apurarse. “No me tardo” le conteste ven bájate, “creo que esto es importante” le aseguré. La primera en bajarse fue Dariana y se llevó a Don Rivas, Bernardo y a los otros compañeros. Rosalba y yo nos quedamos solas por primera vez des de que llagamos. Ella me confeso “Es mucho muy grande este proyecto, me da miedo Lucia.” Deja de eso, le respondí; hay tiempo; nadie necesita hacer más casitas, están mal, no tienen imaginación, ve la cantidad de tonterías que han hecho desde que se lo apropiaron estas supuestas comisiones. Creo Rosalba, que lo que te da miedo es otra cosa. Aquí están enterrados todos los estudiantes de mil novecientos sesenta y ocho, estos no son obras agropecuarias. Estos montículos son fosas clandestinas de cientos o sino miles de personas desaparecidas.


Por Santa Lucia



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