La Moneda
Del Palacio a la Soledad Por Jorge Medina Mora
Estoy en el mismo sitio donde un día estuvo Tizoc, el
Tlatoani, observando el crecimiento de su esplendorosa ciudad. También
me imagino que aquí, en este punto, estuvieron Alonso García
Bravo y Bernardo Vázquez de Tapia trazando el nuevo urbanismo de la
que dejaría de ser la gran Tenochtitlan para convertirse en la Ciudad
de México. Estoy en un lugar donde miles de hijos del sol, primero,
y después hijos del mestizaje y la dualidad, han cruzado sus vidas,
en otos días. A mis espaldas dejo la calle de Seminario, en cuya explanada,
a un costado de Catedral, se quema copal y se tocan huehuetls y teponaxtlis,
que junto con los cascabeles de muchos concheros resuenan esparciendo al aire
notas gratas al oído. Se han reunido para ofrendar sus bailes a los
dioses idos, apagados, sepultados bajo mis pies, con toneladas de roca y cascajo
de sus propios templos, otrora majestuosos.
En esta esquina, en el costado
norte del Palacio Nacional, el bullicio de la actividad mercantil que se despliega
ante mi es una invitación a caminar calle adentro. La nieve, la nieve,
la nieve. Llévela, llévela, llévela. La Moneda se angosta,
no sólo por la perspectiva hacia el horizonte, también por la
cantidad de vendedores semiambulantes que expanden su dominio a lo largo y
ancho, sin respetar a nada ni a nadie. Digo semiambulantes porque son personas
que desmontan sus puestos por la tarde, pero temprano en la mañana
y hasta el ocaso, todos los días del año, ocupan invariablemente
el lugar que les corresponde, sin invadir un ápice los predios contiguos
de sus colegas. ...cómo te ves de mal/ que hasta ganas me dan/ no de
levantarte/ sino aplastarte más... A los extremos, casi ocultos entre
las sombrillas y lonas de plástico de tonos rosa, se alzan edificaciones
de la Colonia. A mi izquierda está el primer edificio de la Universidad,
que actualmente resguarda a la sede del Programa Universitario de Estudios
sobre la Ciudad, de la UNAM. Bara bara, mire señito aquí se
da bara bara. Sobre la banqueta, de los dos lados, se disponen sendas hileras
interminables de negocios y al centro de la calle otra hilera; sólo
quedan dos pasillos angostos para el tránsito de los peatones.
Alguien versado en cuestiones
de alto comercio y altas finanzas callejeras me dijo que en estas calles seguro
terminaría mi búsqueda. En cumplimiento a una misión
que asumí con actitud conciliadora comienzo la travesía entre
un mar de gente, de sonidos confundidos, de estímulo para los sentidos.
El primer tenderete que veo a mi derecha es de zapatos tenis de marcas extranjeras,
con precios a la tercera parte de lo que cuestan en las tiendas y zapaterías
establecidas formalmente. Avanzo por el puesto de cepillos y peines, de pants,
de tacos, de talcos, de relojes y pilas y de aparatos de sonido. A no más
de doce pasos detiene mi marcha un bulto negro, es una señorona tremendamente
gorda que se paró para ver los calcetines de niña con dibujos
de Mimí. A cincoo, dieez y quincee barooos. Rodeo el obstáculo,
al compás de notas tecno a todo volumen, y cambio de pasillo para encontrarme
con locales de dulces típicos, anteojos, fritangas, libros y discos.
Los cuantiosos y estruendosos
sonidos son de dos fuentes principales: los puestos de CD’s piratas
con su música y grandes bocinas ...common baby light my fire... y los
vendedores, unos a voz limpia y otros ayudados por micrófonos y amplificadores
que llenan el espacio sonoro. Pruébele, paladéele y saboréele,
son de a tres. Todo se convierte en con un constante sonido-masa que se aclara
o mezcla o transforma o disuelve según los desplazamientos, pero siempre
está ahí. Así, un son montuno se va a rock o a una cumbia
o al sonido de un viejo y pesado organillo; mientras, se intercalan los gritos
en distintas tonalidades, colores y matices, a tiempo y destiempo. Pomada
para los labios de a cinco pesooos. A pocos metros de la esquina, quien alza
la vista hacia el muro del Palacio descubre un letrero en mosaicos que dice:
“Aquí estuvo la habitación donde murió la noche
del 18 de julio de 1872 el Lic. Benito Juárez”. Enfrente se venden
imágenes y estampas religiosas, chamarras deportivas, varias con el
escudo del benemérito América, y bolsas de las que están
de moda, dizque francesas. ...les diré que llegué de un mundo
raro/ que no sé del dolor y que nunca... y que nunca... Paso el antiguo
Palacio del Arzobispado, hoy convertido en museo a cargo de la SHCP, hasta
llegar a la calle Lic. Verdad. La mera verdad me gusta más su nombre
anterior: de la Infanta Teresa. Allí puedo ver la llamada Casa de las
Campanas, no sin dificultad, porque es difícil parar si no es para
comprar. Si te detienes, la gente te empuja, te lleva. Los mismos vendedores
te desplazan para que no obstruyas la vista de sus changarros; porque el que
no enseña, no vende. Esa construcción lleva en su historia el
haber sido el hábitat de la primera imprenta del continente americano
que en 1536 hizo instalar Antonio de Mendoza, conde de Tendilla. Pásele
marchante mirar no cuesta. Eso no se lo cobro, paseleeé. Sigo por la
Moneda, ...ven devórame otra vez/ devórame otra vez... me desplazo
entre las secciones de tacos de suadero sin grasa (sic), anteojos, toallas
de cocina, cinturones y es cuando llega a mi la idea de que estoy en una tienda
departamental. La ventaja es que cualquier cosa está a tiro de piedra:
comida, juguetes, productos curativos, ferretería, enseres menores,
electrónica y no acabaría de mencionarlas todas.
Esta vía-centrocomercial,
aunque algo devaluada por los embates y las presiones del exterior, no deja
de ser la envidia de Liverpool, Sears, Sanborns y otras. ...que no quede huella
que no y que no/ que no quede huella/ porque estoy seguro que tu... La mercancía
sale sin garantía, el pago por el piso es barato, la electricidad es
robada, la venta es sólo en efectivo y además no se factura.
En estas céntricas calles se fragua la cultura urbana de la globalización
…sabrosona, sabrosona/ con su sonrisa/ sabrosona, sabrosona/ con su
cadera… porque la mayoría de los productos que veo no están
hechos en México. Me muevo en una realidad que corresponde a la de
la economía nacional. El comercio informal por encima de todo: de leyes,
reglamentos, banquetas y calles. Es el sustento de muchas familias. Mire damita,
caballero, en esta ocasión le traigo la oferta que no se repetirá.
No impuestos, no afores, no seguro social ni nada que se le parezca; pero
eso sí, unos golpeadores en cada esquina con modernos aparatos de intercomunicación.
Controlan a quien se quiera pasar de lanza, a quienes no respeten las leyes,
normas y reglamentos, aún no escritos, de la calle de la Moneda. …¿quién
te lo dijo Nené?/ me lo dijo Adela/ me lo dijo Adela... El que trabaja
un lugar aquí se tiene que alinear, física, moral y económicamente,
a riesgo de perderlo todo, incluso la vida. Es de a doce, oiga venga a ver,
oiga es de a doce. A mi derecha percibo un esplendoroso colorido de suéteres
junto a un lugar de ostiones en su concha y ‘copteles’ de mariscos
y éstos dos frente a otro puesto de música pirata ...quiere
comer/ carnita buena/ no va a poder/ ay ay ay ay/ que me come el tiburón
mamá... y a mi izquierda llego a percibir el olor a tamales y atole
que con sus vapores llegan hasta mi revueltos con los aromas de junto, el
lugar especializado en perfumes.
Rosa y azul es la microempresa
siguiente, en donde las chambritas y gorros de bebés engalanan la banqueta
y tapan la entrada del Museo Nacional de las Culturas. Sólo le vale
veinte pesitos. Me cambio de pasillo y aparece una gruesa de diablitos (de
dulce) que junto a un centenar de pachicletas y bolsas de gomitas enchiladas
esperan llegar al paladar de un gourmet citadino. Llévelos al mayoreoo,
al menudeoo o de a unoo. Veo los videos pirata, que se exhiben en pantallas
de modernos televisores conectados con diablitos (de luz) al poste que de
noche iluminará esta calle desierta para que sea barrida y quede lista
para el otro día, tempranito. Mire el refresco frío es de a
cincooooooo. En el local de junto está un póster con la imagen
del capitán Garfio, al que quizá sólo le falten unas
veladoras para convertirlo en el icono protector de quienes se ganan la vida
en estos parajes. Abriéndome paso llego al cruce de calles, a mi izquierda
antiguamente la primera calle del Indio Triste, flanqueada por las casas del
Mayorazgo de Guerrero, a mi derecha la calle del Correo Mayor. Cosa rara,
pasa una motoneta a dos y medio kilómetros por hora. Es el único
vehículo motorizado que puede circular por aquí a estas horas.
No doy vuelta, pretendo seguir por la Moneda que en este segundo tramo llevaba
el nombre de Santa Inés, por la iglesia que está al fondo. ...we
are the champions/ we are the champions/ no one… El cruce es un caos,
hay que estar muy atento porque viene tráfico fuerte de frente, de
los lados y van a todas direcciones. Ahí va el golpe. Y pasa un diablito
(de ruedas) empujado por un fuerte tataranieto de tameme, cargado hasta el
tope y desbordándose a los lados. Pero nada se cae porque la mercancía
está acomodada en perfecto equilibrio. Se va zigzagueando tan rápido
como llegó.
Las personas van y vienen,
no sé de dónde salen tantos ni a dónde se dirigen. Aparecen
de todos lados. Se van pero nunca se acaban, siempre llegan más y más;
hombres, mujeres, jóvenes, de traje, de uniforme, de bermudas, de lentejuelas,
de falda, despeinadas, pintadas, tatuados, arrugados, con cachucha, con sombrero,
pelones, con anteojos y todos en sus versiones de adinerados, pobres y clasemedieros.
Se va a llevar la ofertaa divertidaa, para sus chiquilloos, para sus chiquillaas.
Después de atravesar, el negocio de elotes y esquites es el primero
que excita las membranas olfativas, con olor a manjares indígenas.
No en vano estoy en el primer cuadro de la Ciudad y del País, donde
se impone un sabor a historia, un aroma a otras épocas. Distingo a
un cobrador de los líderes en sus tareas, junto con su gorilón,
y entonces surge la pregunta: ¿dónde irán a parar las
cuotas de los miles de semiambulantes que a diario tienen que caerse con su
mochada? No marchante, ni me regatee porque aquí somos serios. Pienso
en la macroeconomía de mi país, de mi saqueado país,
invadido de mercancía contrabandeada, que en estas rutas de comunicación
se vende públicamente mezclada de productos nacionales de dudosa procedencia;
tal vez robados, o robados, o quizá robados. ...te aviso, te anuncio
que hoy renuncio/ a tus negocios sucios... Pero por acá todo se vale,
y mientras la gente siga comprando en este mall, seguirán los dispuestos
a satisfacer las necesidades demandadas. Paso junto al puesto de tijeras,
de joyería de fantasía, de pinzas y desarmadores de todos tamaños
y precios.
Antes de llegar a la siguiente
bocacalle ...échale similla a la maraca pa que suene/ cha cuchá...
cambio nuevamente de carril porque en el que voy está bloqueado por
la gente que se agrupa frente a los yogures para beber que están a
mitad de precio. No pague lo que valeeen, aquí están de ofertaaa.
¿Será producto de algún ilícito, chino o pirata?
Como no me aguanto las ganas de averiguarlo, regreso a comprar uno. Son de
marca trasnacional y constato que el empaque permanece intacto, que la fecha
de caducidad es para dentro de una semana y media, que la tapa está
perfectamente sellada. Lo abro y, para mi sorpresa, me sabe igual a los que
compro en el supermercado norteamericano de mi barrio. Aquí, en la
zona de los lácteos, hasta se siente frío. Aprovecheee, el pistacheee,
el cacahuateee, baratooo. Cruzo por en medio del espacio de paliacates cuidando
de no pisar ninguno a riesgo de ser agredido por el mozo que sigue atentamente
cada uno de mis pasos. Salgo airoso de tan delicado trance y llego al sitio
de cachuchas y gorras, al de pulseras, al de camisetas donde sale un diablito
(niño disfrazado). Y es que aquí puede pasar cualquier cosa,
como ver a un señor cincuentón de vasto vientre y desalineado
de pies a cabeza vendiendo muñecas y, en contraste, junto una jovencita
que vende accesorios chiros para taxis y microbuses. Acá cualquier
contradicción no es absurda; un ejemplo son los vendedores o dependientes
que atienden los changarros, ellos trabajan con las “patitas en la calle”.
Llego al puesto de pasamontañas
y guantes, ...pinche gringo puñetero/ no me digas frijolero... paso
al de cuchillos y machetes y hago una escala en el de navajas para rasurar,
donde pregunto precios. Reanudo el camino y encuentro la entrada a Santa Inés,
bloqueada por un puesto de ropa interior femenina con un letrero que dice:
“Oferta de bracier y vikini $20”. Quizá se trate de un
modelo vikingo moderno y, por supuesto, muy exclusivo. Esta crema sí
le quita esas verrugas, esos hongos, esas llagas; sí está garantizada.
Ahora toca el turno de los cinturones y hebillas, el de los boxers, el de
las cremas mágicas, el de las pantuflas y otro más de música.
Cerca se yergue la cúpula de Santa Inés, alineada con las torres
de las campanas de la Catedral. Tacooos de canasta calientitooos, cincooo
por tres pesooos. Y cerrando la calle en una asimetría de trazos y
manzanas sobresale el edificio de la Academia de San Carlos, mismo que fue
el Hospital del Amor de Dios, fundado por Fray Juan de Sumárraga en
1541 y donde ahora y desde mucho tiempo atrás se atienden tópicos
de arte dentro de sus gruesas paredes.
Luego de soltar una monedita
por el amor de Dios a un teporocho que apenas puede caminar, llego a la arista
que hace la calle de la Academia. Se oyen los redobles de una comparsa norteña
que con el acordeón lleva un ritmo de quebradita que en perfecta disolvencia
se convierte en un son huasteco que entra a mis oídos al doblar la
esquina, volteo y veo a un trío jarocho y a un niño pequeño
que pide dinero. La jarana suena desafinada al igual que el arpa, pero la
alegría de su canto al interpretar La Bruja, es contagiosa. …ninguna,
ninguna/ nomás ando en pretensiones de chuparme a usted… Hasta
mi andar cambia de ritmo y la gente cercana pone una sonrisa en sus rostros
anónimos. Esta calle, o mejor dicho: esta ala del mall, es menos estrepitosa
que la que acabo de dejar. Mire marchantita compre bara bara. Aunque no dejo
de caminar entre comida, ropa, aguas, cuadernos, refrescos, lápices,
sandalias...
Al llegar a la Soledad caigo
en la cuenta de no haber llevado a cabo la misión encomendada por la
tía Conchona. Mas no por desidia o algo similar. No, simplemente porque
en todo el recorrido no hubo ningún microchangarro con la especialidad
requerida: imanes para el refri con figuras de cactus. ...camarón pelao
tu quieres/ camarón pelao te doy/ camarón pelao prefieres con
salsita...Y es que a la pobre tía Conchona, la maldita de su gata,
en un arrebato de cólera, le mordisqueó los adornos que tanto
quería. Verdaderamente los estimaba por haber sido el último
regalo que le ofreció el difunto tío Escolapio, su marido. Pregunte
precios, pregunte precios; damos barato, casi re-ga-la-do. Desde que quedó
viuda se le quitaron las ganas de venir a darse sus vueltas por el centro,
así que no me quedó más remedio que decirle que sí
a su caprichito de reponer esas piezas. Pero ¡no señor!, cuando
uno busca las cosas, éstas no se han de encontrar. Voy a otro tianguis
en pos de dar cabal cumplimiento a la misión altruista y filantrópica
que adopté, porque a ellas, a la tía y a su gata, las quiero
mucho. ...no sé decirte cómo fue/ no sé explicarte qué
pasó/ pero...
JMM 08.03