Un día Como Hoy
Por Jorge Medina Mora
Ha de haber sido un día
como hoy la primera vez que entré a una cantina. No recuerdo la
fecha de esa memorable hazaña. Pero estoy seguro que fue un día
como hoy. No tengo la menor duda. Igual que hoy, ha de haber sido un miércoles...
o ¿es jueves? Ya no sé ni en qué año vivo,
pero si de algo estoy seguro es que fue un día como hoy. Y lo podría
jurar, porque hace rato sentí lo mismo que aquella vez. Esa noche,
lo recuerdo como si fuera ayer, en una de las muchas idas al baño
paré frente al espejo y me descubrí rozagante, lleno de
vida y de ilusión, enamorado y mujeriego. Fue entonces cuando experimenté
algo así como una descarga interna que convulsionó mi cuerpo
y conciencia. Y esa misma emoción la volví a vivir hace
sólo unos momentos, cuando fui a mear. La única diferencia,
al enfrentarme a mí mismo en el espejo, es que en esta ocasión
me vi amarillo, moribundo y sin fantasías, sin una mujer que me
quiera. Pero la sensación fue idéntica. Por eso puedo afirmar
que fue un día como hoy, sin importar cual de la semana. El mirarme
y reconocer en esa imagen a la persona de hace doce o quince años
atrás, con la misma mirada perdida, pero con la realidad inversa,
ha producido en mí unas ganas incontenibles de seguir emborrachándome.
¡Qué me sirvan otra copa y muchas, muchas más! Además
de los efectos del tiempo y de las circunstancias, existe otra diferencia,
aunque externa, y es que la cantina de aquel entonces era de las caras,
llena de luz y de parroquianos; y la de ahora es vieja, sucia y abandonada.
Vine por una razón
muy especial: ayudarme a pasar el trago amargo que me provocó el
diagnóstico de ese doctorcito del centro de salud. Con cara seria
y voz grave, me dijo pausadamente: “Lo que usted tiene es esclerosis
difusa, con alteración del parénquima hepático en
grado avanzado”, y luego me cayó el veinte cuando remató
con: “Es cirrosis en el hígado”. El muy canalla me
sentenció al especificarme que era irreversible, sin chance a tratamiento
alguno, sin futuro a más de dos meses, tres en el mejor de los
casos. Si tengo suerte llegaré a mi cumpleaños. Para festejar
tan halagador veredicto vine a mi lugar favorito, el de los últimos
dos o tres meses. Preferido desde que me echaron de la casa, en la que
vivía con mi tercera mujer y sus dos hijos, a la que empezaba a
querer; pero la muy ingrata no me entendió, no me dio la oportunidad
de demostrarle lo que soy y lo que valgo. Pero las mujeres y la vida son
así. ¿Qué le va uno a hacer? Sólo diosito
puede cambiar esas cosas.
¡Lo bueno es que
aquí sí me quieren de veras! Me conocen y se preocupan por
mí, al menos mientras tenga lo suficiente para pagar la cuenta.
La actual debe ascender, hasta este momento, a siete cervezas, no sé
si ocho o tal vez nueve y unos seis tequilas o quizá siete. Pero
no importa porque dinero sí traigo, para eso y más. Aquella
vez que entré a esa cantina, la primera de mi vida, se me reveló
mi verdadera vocación. Ya con varios tragos encima, me dio por
cantar con el mariachi. Su líder, tras haberle dado una discreta
dosis de dinero, me permitió tal atrevimiento. Tan bien lo hice
y tanto les gustó, que varios del grupo me invitaron para cantar
con ellos al día siguiente. Pero la cruda no me lo permitió.
Tres noches después regresé y me aceptaron otra vez, sin
ningún billete de por medio, lo que significó que de veras
apreciaron mi actuación, mi voz y mi estampa de mariachi. Porque
yo nací para eso: para ser un mariachi cantor. Uno de los mejores,
de los que cantan con sentimiento y su voz llega hasta lo más profundo
del alma.
Recuerdo la primera vez
que estuve con mi traje negro de mariachi, el de gala, en la plaza de
Garibaldi. Iba con mi compadre Marcial, que era uno de los mejores primeros
violines que se han visto y oído en kilómetros a la redonda.
En esa ocasión me aseguró: “Algún día,
no tan lejano, van a poner tu estatua por allá”, y señaló
hacia el fondo, por donde está el Guadalajara de Noche. Desde entonces
soñé con ese día. Todas las mañanas, o más
bien las tardes, al despertar con la resaca de la noche anterior, me imaginaba
mi figura flamante en la plaza.
Luego de la última
remodelación que le hicieron a Garibaldi, la tercera desde que
lo hice mi lugar de trabajo, creo que por el año 99 ó 2
mil, en una borrachera con Marcial, éste me corroboró la
profecía cuando en un momento de iluminación se dirigió
a mi diciendo: “¿Ves esta hilera de grandes luminarias de
nuestra música, compadre? Pus fíjate bien, porque en aquel
pedestal del último, junto a Juanga, ahí van a poner tu
estatua”. No contento con estar junto a Juan Gabriel, hasta el final
de la fila, me propuse quedar entre Pedro Infante y Juanga. Por esa razón
noche tras noche me orinaba en el árbol de la jardinera que los
separa, para que al secarse levantaran un pedestal allí mismo,
el cual sería la base de mi esfinge. Y tendría una maravillosa
placa dorada en la que se destacaría lo bello de mi canto, lo sublime
de mis interpretaciones a la canción vernácula; y arriba
yo, vestido de mariachi, con el sombrero en la mano izquierda y con el
micrófono en la derecha. Y en la ceremonia de develación,
mi público reunido, agradecido, aclamándome. Así
mismo me lo imaginaba.
También me acuerdo
una vez que estaba meando el árbol y me sorprendió un gendarme
con las manos en la masa. Quiso llevarme detenido por un ‘treinta
dieciséis’, o sea orinar en un lugar público. Al cabo
de una buena plática y un par de caguamas se tranquilizó,
y después hasta orinó conmigo en el árbol. Con el
tiempo y varias caguamas más, nos cuidaba de otros policías
cuando nos daban ganas de hacer de las aguas. Ese árbol, que creo
era un ficus, ya no existe, se secó y se cayó por tanto
orín alcoholizado. Y es que los compañeros mariachis me
secundaban, me apoyaban en la realización de mis metas. Los del
gremio siempre hemos sido muy unidos, es una característica que
llevamos dentro.
Las mejores épocas
de mi vida fueron mientras trabajé allá, en la plaza Garibaldi,
la única en el mundo donde se canta y toca música folklórica
las veinticuatro horas del día. Yo era parte importante, diría
el alma, de nuestro grupo de mariachi al que denominamos: El orgullo de
México. Éramos de lo mejor. Cuando no salíamos a
dar serenata o amenizar alguna fiesta o reunión, lo que sacábamos
con las dos primeras canciones era para la botella de mezcal; para el
frío, para aclarar la voz, para soplarle fuerte a la trompeta y
desentumir los dedos para tañer bonito los instrumentos. Ya bien
entonado con el mezcalito, pues cantaba mejor. Mi voz se hacía
aterciopelada y podía subir el tono a registros muy altos, y cantar
en falsete como ningún otro mariachi cantor de la plaza. Ya encarrilado
interpretaba hasta siete seguidas antes de parar para echar otro trago.
¡Qué buenos tiempos aquellos! Fueron los mejores, inolvidables.
Actualmente no sé cuál ha sido la suerte de los miembros
de El orgullo de México. Lo último que supe es que, de los
nueve que éramos, uno sigue de músico en Garibaldi, dos
no los he vuelto a ver, dos se fueron al otro lado del río y los
otros tres ya están calacas. Uno de ellos es mi compadre Marcial,
que desgraciadamente murió atropellado hace tal vez un año,
en una guarapeta que iniciamos juntos. Se despidió contento porque
iba a regresar con su querida. Y a las dos cuadras, allá por La
Conchita, lo arrolló un microbús. Afortunadamente el padrecito
del templo alcanzó a aplicarle los santos óleos.
Los nueve éramos
buenos carnales, jalábamos juntos para todos lados. La peor de
nuestras aventuras ocurrió, lo puedo asegurar, en un día
como hoy. Estoy convencido de eso porque, al igual que hoy, casi me zurro.
Resulta que un par de vivales nos contrató para dar una serenata
y, al llegar a la cita, que nos encañonan los muy canallas. En
ese día, uno como hoy, el diagnóstico fue: “Ora sí
jijos del maiz, se caen con la lana o los quebro”. Su voz templaba,
como la mía cuando canto con media estocada etílica dentro.
No contentos con el dinero que les dimos, que era poco porque aquella
vez empezamos tarde, nos quitaron los instrumentos. Cuando cortaron cartucho
con el cañón de la pistola dentro de mi boca, para amedrentarnos,
sentí lo mismo que hace unas horas cuando el doctorcito Lizalde
me anunció la muerte, mi muerte. Estoy seguro que era un día
como hoy: miércoles o jueves. Después de tan tremendo susto,
aquella vez nos fuimos al Tenampa, porque el hermano de Valente, el del
Guitarrón, era capitán de meseros y nos podía fiar;
y necesitábamos ahogar los sustos en tequila, en harto tequila.
Lo malo fue que esos sustos no se ahogaron. A partir de esa fecha empezó,
para mi desgracia, la desbandada de El orgullo de México. Sin instrumentos,
sin raíces profundas y con muchas deudas a cuestas, unos de los
músicos emprendieron el viaje al norte, para mojarse la espalda
en busca de mejores aventuras. Otros, simplemente se fueron.
Aquí estoy, contigo,
recordando cosas de mi vida. Hablándote y tú escuchándome.
Pero si te aburro, mejor aquí le paramos. No quiero que digas después
que sólo me oías por compasión. No. Eso no.
Tengo muy presente cuando
conocí a la Soledad, el verdadero amor de mi vida. Ella trabajaba
en el mercado de San Camilito, en el local de los güeros, atendiendo
a la clientela en el turno nocturno. La conocí una madrugada, luego
de que toda la noche estuvo lloviendo muy fuerte. Al despuntar el alba
se me antojó una birria calientita, para reconfortar el cuerpo
y el espíritu. Y ahí estaba ella, la Chole, de trenzas largas
y sonrisa contagiosa. Desde que la vi me enamoré de ella. Con el
tiempo y mucho empeño logré hacerla mi pareja. Antes de
que entrara a trabajar, y a veces también después, íbamos
a echar novio al Callejón de los Locos, uno muy escondido que da
a la plaza. Allá, en lo oscurito, ella me cantaba y yo a ella.
Allá también, antes que en el altar, nos juramos amarnos
toda la vida. Pretendimos casarnos el día de Santa Cecilia, que
es la patrona de los músicos y cantores, especialmente de nosotros,
los mariachis. Cuando quisimos apartar la fecha en la iglesia de Santa
María, la que está enfrente, del otro lado del Eje, nos
aplazaron la boda porque desde el 21 por la noche y todo el 22 se llevan
a cabo las misas y los festejos de la santa patrona. Así que nos
casamos un 23 de noviembre. El brindis con los amigos y parientes, lo
hicimos en el Tlaquepaque, que en esos años todavía estaba
abierto. El agasajo duró hasta el amanecer y todos, sin excepción,
acabamos completamente ebrios. A los siete meses de la boda, con una barriga
grande, mi Chole tuvo que internarse en el hospital por un abundante sangrado.
No la volví a ver viva y mi hijo nunca vio la luz. Ese día
sentí a la muerte acechándome, arrancándome el amor,
arrancándomelo todo. Ahora que lo pienso... fue un día como
hoy.